Tardé años en leer a Isabel Allende, me lo impedían los prejuicios. «Escribe literatura comercial», «Su estilo es demasiado decoroso», «Desborda sentimentalismo». Ilusa de mí, que afirmaba todo eso sin haber terminado uno solo de sus libros.
Un día me cansé de mí misma y me senté a leer La casa de los espíritus decidida a llegar hasta el final. Como lectora, encontré una novela fascinante. Como escritora y editora, encontré una clase magistral de creación de personajes que hoy quiero compartir contigo. Pero empecemos por el principio.
Los personajes arquetípicos
Los arquetipos literarios son patrones de personajes que se repiten en relatos de distintas culturas y épocas. Si te hablo del héroe, del villano o del sabio, seguro se forma una imagen en tu mente, porque basta con nombrarlos para que sepas a qué me refiero. Eso, justamente, es un arquetipo.
Carl Jung los describía como manifestaciones del inconsciente colectivo, figuras simbólicas que encarnan aspectos fundamentales de la experiencia humana. El villano representa la maldad, el héroe la bondad; la sabia, la luz y el conocimiento.
Existen cientos de ejemplos de escritores que los representan así, sin matices. Pero en la literatura moderna, esta construcción está pasada de moda.
Su evolución en la modernidad
La visión social de nuestra época apunta a comprender que la realidad no se mueve entre blancos y negros, sino que habita, casi siempre, las zonas grises. Esa mirada, inevitablemente, se ha trasladado a la literatura y los arquetipos que antes se aceptaban sin cuestionamiento, hoy exigen zonas matizadas, de contradicciones.
El villano es malo, pero tiene una historia que lo convirtió en lo que es y, probablemente, esa historia nos permita empatizar con él. El héroe es bueno, pero seguramente tenga que luchar con su sombra interna, con su lado malvado, con su Mr. Hyde. La sabia es sabia, pero puede perder conexión con la realidad al vivir en el terreno de las ideas.
Esas contradicciones alejan al arquetipo de la idealización y lo vuelven humano, lo que aporta capas y capas de verosimilitud y, principalmente, nos permite ver a través de la literatura la complejidad y la doble vertiente del bien y del mal.
Antes de seguir, quiero dejarte este consejo: si construyes personajes arquetípicos, procura añadirles contradicciones y matices.
Los arquetipos en «La casa de los espíritus»
Isabel Allende dice que no sabe cómo escribe sus novelas, pero lo hace de maravilla. Y aplica el principio de humanización de personajes arquetípicos con una sutileza que nos envuelve, nos arrastra, nos conmueve. Conozco decenas de personas que han llamado a sus hijas Clara, Blanca o Alba en homenaje a las protagonistas de esta historia. Veamos quién es quién dentro de este entramado.
- Clara la clarividente es la sabia y la mística. Habla con los muertos, predice el futuro, mueve objetos con la mente y anota la vida familiar en cuadernos que, décadas después, serán la fuente misma de la novela. Pero su sabiduría tiene un precio: vive tan adentro del mundo espiritual que se desentiende del cotidiano. Es luminosa, pero vive abstraída y ensimismada.
- Esteban Trueba es el tirano. Patrón de hacienda, senador conservador, esposo violento, padre autoritario. Esteban Trueba encarna al patriarca latinoamericano de principios del siglo XX en estado puro. Pero a pesar de sus males, su nieta lo sigue amando y lo conduce a descubrir, demasiado tarde, las consecuencias de su tiranía.
- Blanca es la amante. Su vida entera gira en torno a un amor clandestino con Pedro Tercero, el hijo del capataz. Cruza fronteras de clase, desafía a su padre, se casa con un conde por conveniencia y vive media vida escapándose para ver a Pedro. Pero cuando por fin podría casarse con él, dice que no: prefiere amar fuera de las instituciones que pretendían prohibírselo.
- Pedro Tercero es el rebelde. Pasa de niño campesino a líder socialista, cantautor y militante del partido de «el Candidato» (un guiño a Salvador Allende). Es la antítesis política y emocional de Esteban Trueba: donde uno se impone con el puño, el otro convence con canciones. Pero al principio de la historia, lo vemos como un niño rebelde, rabioso, quizás violento. Ahí está su matiz.
- Esteban García es el villano. Nieto bastardo de Esteban Trueba —fruto de una violación del patrón a una campesina—, crece sin nombre legítimo, sin herencia, alimentado desde niño por el rencor. Es la sombra que el patriarca engendró sin saberlo. Y es malo, malísimo. Pero conocemos su infancia y, de alguna manera, comprendemos sus acciones sin justificarlas.
- Alba es la heroína. No usa armas, pero atraviesa el infierno y vuelve para contarlo. Sobrevive a la dictadura, a la cárcel y a la tortura a manos de su propio primo, y al final reconstruye la historia familiar a partir de los cuadernos de Clara. Pero su heroísmo está lleno de grietas porque el villano la ha destruido y su venganza es, simplemente, contar su historia.
Empecé este texto diciéndote que tardé años en leer a Isabel Allende por puro prejuicio. Te lo cuento porque quizás a ti te pase lo mismo con algún libro que llevas postergando. Si La casa de los espíritus es ese libro, este es el momento: ábrelo con las gafas bien puestas e intenta concentrarte en la creación de personajes. Te aseguro que recibirás una clase magistral. Y si quieres, también puedes mirar la serie, que ya está disponible en Amazon Prime.
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